La Caída del Imperio

La Caída del Imperio

Xavier Bankimaro

 “Cuando no encuentres una salida al pasado, cuando la memoria sea un infierno que devore presente y futuro, recuerda que siempre tendrás abierta la sana puerta de la locura…”

 Alan Moore.

A veces, tras un recuerdo suspiras y ese recuerdo se te atora en la garganta y te asfixia.

Hubo alguna vez un billete de cinco dólares que circuló en California en 1870 con la imagen de Joshua Abraham Norton, un multimillonario que sufría delirios mentales y llegó a autoproclamarse “Emperador de los Estados Unidos de América y Protector de México”. El gobierno de los Estados Unidos no puso un pero a tal proclamación (aunque nunca la hizo oficial tampoco y por razones obvias), pues Joshua financiaba cualquier causa que el gobierno le sugiriese, siempre y cuando le llamaran emperador.

Joshua sólo pudo sentir cómo se descomponía su rostro. Hace apenas unos cuantos atardeceres se encontraba con Ella en un paisaje, una elegante e inocente pintura, un Chagall. Ella lo tomaba de la mano y ambas palmas sudaban; ella acomodaba su cabeza en su hombro y ambos volaban, sus alas se extendían y llegaban hasta el cielo, donde nada podía sucederles, la miel los protegía y alimentaba en el mejor lugar que hay para no existir: los brazos de otro.

 

Sus manos sudaban…

 

La conoció en una galería de arte y fotografía donde ella exponía sus acuarelas, había una muy particular: El rostro de una mujer abría la boca y en la lengua tenía un cofre, cabello rojo, de finas facciones, bellos sombreados, los ojos carecían de mirada y pupilas.

A un lado de la acuarela, una silueta flotaba con una copa de vino tinto, llevaba un vestido entallado que parecía envolverla como si se fuera a hacer un molde con su cuerpo, una estatua, era un capullo de oruga en el corazón y el resto, un infinito de figuras cuadradas de diversos colores que se mezclaban simétricamente.

 

Sus manos sudaban…

“Lo hice yo”, dijo.

 

“Es la metamorfosis de una oruga que se convertirá en mariposa. Aparentemente, ante el engañoso ojo estético humano, la oruga es desagradable y la mariposa es bella, la oruga es un monstruo, la mariposa un agradable dibujo que lleva alas y vuela; sin embargo, nadie nota…”

 

“Nadie nota…”, dijo Joshua.

“Nadie nota que la oruga es alimento, antes de convertirse en mariposa, es una irregular hoja que camina en una rama. Un ser que ama tanto que está dispuesto a volar o a ser devorado. La mariposa vive del polen de las flores, es en sí, una flor volante”.

“Algunas mariposas del África septentrional usan sus alas para huir de los depredadores, se posan en un árbol y se cubren con sus alas. Las figuras y colores en sus alas se unen para combinarse y asemejarse al rostro de un depredador”, dijo la extrañamente hermosa  fémina.

 

Joshua observó el rostro en la acuarela, los ojos sin mirada y pupilas.

Ella sonrío…

Es curioso cómo estamos tan seguros de la existencia del aire sin percibirlo con los ojos.

Caminan entre hojas secas, lleva una gabardina negra y un poema en un papel arrugado y apretado por un puño cerrado en la mano izquierda. La mano derecha ansiosa tiembla en el bolsillo derecho.

 

“Nunca confíes en un semáforo parpadeando a media noche, lo más probable es que cuide calles suspendidas que no van a ninguna parte… 

Suspendidas…”

 

 Decía un graffiti en una solitaria pared.

Caminaron toda la avenida saliendo de la galería hasta llegar a un bar que tenía un balcón con una enigmática vista. El ocaso perpetuo detrás con una luna llena, pálida y escurridiza iluminaba levemente la escena como si fuera profetizando la tragedia tras la noche bella.

 

Se sentaron, Ella encendió un cigarrillo y pidió un Hada Verde, Joshua pidió un Ziggy Stardust.

La vida es una bocanada de humo.

La fortuna sopla bien si al amanecer el fantasma no se esfuma en las cenizas de un carrujo de densa estela…

Joshua enciende un cigarrillo.

El planeta gira, el tiempo toma un viejo disco de acetato encontrado en su desván, lo coloca en la consola posando su aguja en algún café donde dos existencias están a punto de entrar una en la órbita de la otra…

El lugar estaba a media luz, las risas discretas de los visitantes se mezclaban con un Jazz que provenía de una consola en una esquina junto a una vieja lámpara de gas.

 

“Me he perdido un momento”, dijo Ella.

 

“El amor es una borrachera.

El dolor, la cruda del amor, es tan necesario para volar como el alimento, el oxígeno y la vigilia.

Algunos no aman y permanecen en tierra pues de sus omóplatos nunca brotan sus alas…

Algunos aman tanto que al volar desean ser devorados…”

 

Decía la entrada al enigmático bar.

La vida es una bocanada de humo.

La fortuna sopla bien si al amanecer el fantasma no se esfuma en las cenizas de un carrujo de densa estela…

El lugar estaba a media luz, las risas discretas de los visitantes se mezclaban con un Jazz que provenía de una consola en una esquina junto a una vieja lámpara de gas.

En el área de San Francisco el billete llegó a ser usado para pagar ciertos productos y servicios en los establecimientos de los que Joshua era dueño, los cuales eran más del 70% por lo menos en el downtown de la ciudad.

En 2009, un billete comprobado auténtico fue vendido en 25,000.00USD a un millonario excéntrico llamado también Joshua en una subasta.

El amor, correspondido o no, es una burbuja  que nos da esa sensación de fortaleza ante la impiedad real del mundo.

Ante el dolor que provoca la explosión de dicha burbuja y nuestra correspondiente implosión, el universo ofrece dos caminos: la locura o la belleza…

Escojo ambas.

 

“Me he perdido un momento”, dijo Ella.

Bankimaro

Xavier Bankimaro:
Narrador transpoeta, desmitificador y creador de mitos; sus letras deben su devoción a la creación y destrucción de la realidad a través del lenguaje, anticultural más que contracultural. Actualmente es colaborador en la revista Letras Explícitas y columnista en la revista El Fanzine. El Universo se expande por voluntad y no por inercia.

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