Retrato de una rata

Retrato de una Rata

 Xavier Bankimaro

 

París, Los primeros copos de nieve del invierno de 1791.

 

Jean-Arthur Daladier está sentado frente a su gran mesa burguesa en la sala de su casa, bebe vino y frente a él existe un plato de carne y verduras. Mira fijamente un reloj de pared cuyo cuadro forma en la parte superior la imagen de una gárgola.

 

Suda un poco. Es un hombre grande y fuerte, aunque delgado y de temible rostro; un rostro que refleja sueños que no viajan de boca en boca, sueños sobre rastros de vidas arrebatadas y miedo en muchas miradas.

 

Ahora cuesta trabajo describir lo que se gesta en sus avernos, una sucia y tenue podredumbre que sube desde sus piernas por su esófago, acelera su atestado corazón y llega al cerebro en forma de su cabeza rodando por un puentecillo de madera hasta caer en una cesta. Una multitud aclama, grita, aplaude y baila por largos instantes.

 

“Nunca debí aceptar esos terrenos del rey en Alsacia”. Piensa.

 

Grandes charcos de vísceras empañan su memoria; el terror en los ojos claros de un joven vasco antes de que él mismo jale del gatillo con el cañón en su boca con su propia mano, obligado por El Burgués por supuesto. Si alguien se pone un cañón en la boca y jala del gatillo voluntariamente, está sin lugar a dudas motivado por el temor de la clase de muerte que recibirá de no hacerlo: la muerte dada por El Burgués.

 

Una vez que la consciencia se da cuenta de que ha llegado el final definitivo, aquel sin salida de ningún tipo: esa vertiginosa calle cerrada que existe y que aferradamente el hombre trata de disfrazar montando en escena la existencia de un Dios, sólo aquí brota la verdadera muerte, aquella que nace en vida, aquella que El Burgués vierte como vino en la copa que es su corazón siempre vacío.

 

A Daladier le gusta la muerte, el olor a pólvora, el caos; la mirada de terror de una víctima, la sangre, el poder.

 

Con poder puedes hacer la sangre correr…

 

Había accedido a apoyar la revolución y por eso había escrito una extensa carta al gran Diderot. En la carta, El Burgués explicaba al filósofo y supuesto burgués ilustrado, que ya que éste se encontraba en la estratósfera de la revolución, en una infructífera cúpula, y él, Daladier, en cambio pertenecía a sus propias tinieblas, deseaba hacerse cargo del trabajo sucio que los filósofos y supuestos hombres ilustrados nunca harían; aquel trabajo de todos modos necesario para su causa, hacer la sangre correr y con eso lograr el asesinato de Dios y sustituirlo con el estado de derecho.

 

“La pluma no es en realidad más poderosa que la espada, no en una revolución.”

 

Finalizaba dicha carta.

 

Para todos aquellos que entendemos las sutilezas más profundas del alma humana y sus infiernos, es fácil de entender que la guillotina fue creada por un artista.

 

Alsacia es un lugar de clima templado y abundante belleza al sudeste de Francia, colinda con Suiza y Alemania. Hermosos paisajes, muchas flores, campesinos brutos y doncellas ebrias  en las tabernas, pero sobre todo PODER; el poder de ser el dueño de las noches de esos prados; su propio infierno para ser él por sí mismo el horror y la peste.

 

 

El Burgués tuvo sueños, de esos que no viajan de boca en boca. Una Alsacia bañada en peste, rabia y sangre.

 

El Rey le ofrecía Alsacia como trato si traicionaba a los revolucionarios y prestaba sus especiales servicios a la nobleza.

 

Así, El Burgués escribió aquella carta al Rey donde se comprometía a decirle todo aquello que sabía sobre la revolución, ya que no se contuvo ante dicha oferta. Llegó sigiloso, hurtó y se vendió al mejor postor…

 

Como una rata.

 

El Burgués ama le gusta el dinero, el vino, la carne, el amor en pecado, los lujos, los viajes, el poder.

 

Con poder puedes hacer la sangre correr.

 

La carta para el Rey fue interceptada por los espías de Diderot. Fue inspeccionada para comprobar que había sido nuestro Daladier el autor. Fue comprobado. Se guardó en un cofre pequeño de caoba junto a una botella de vino de buena cosecha. El cofre se envió de vuelta al lugar del que la carta había sido enviada.

 

Ahora su autor había llegado a aquel lugar sin salida de ningún tipo, esa vertiginosa calle cerrada que existe y en la que él sabe que no hay ningún Dios; esa calle donde brota la verdadera muerte, aquella que nace en vida, aquella que el burgués vierte como vino en la copa que es su corazón siempre vacío.

 

“Desearía poder hablar de todos aquellos lugares a los que nunca irá, de todas aquellas mujeres que nunca poseerá”. Finalizaba la carta que venía con el vino en el cofre de caoba…

 

¡Vive la France!

 

Para todos aquellos que entendemos las sutilezas más profundas del alma humana y sus infiernos, es fácil de entender que la guillotina fue creada por un artista.

 

El Burgués observa la gárgola en la pared, y como bajo su horrenda figura la manecilla se mueve arrastrando el tiempo sin piedad; él sabe lo que es arrastrar a alguien sin piedad.

 

Debajo de su mesa anda una rata, portadora de la rabia y la peste, atraída por el olor de la carne en el platillo ya frío en la mesa.

 

Los vampiros, en la tradición original balcánica, no se relacionan con los murciélagos como lo escribió algún irlandés chiflado en una novela romántica muy posterior a esta historia, sino con las ratas.

 

Llegan sigilosas, hurtan y dejan la peste y la rabia tras de sí.

 

El Burgués la descubre e inclinándose y asomándose debajo del mantel, con un rápido y sutil movimiento del brazo, la toma con la mano derecha, la observa y la aprieta hasta asfixiarla mientras la lleva a la altura de su copa, toma su cuchillo de guerra, regalo mismo de la Reyna, la decapita y vacía su sangre en ella.

 

La muerte en el vacío como sucede con nuestras vidas en el tiempo, la sangre de muchos se ha  mezclado con el vino a lo largo de toda la historia.

 

Ahora la rata bebe a la rata.

 

Observa la gárgola y el plato de carne con verduras que existe frente a él.

 

Es curioso, pero el hombre y la rata convivieron en paz hasta que el primero se hizo consciente de que la segunda había traído la peste bubónica a Europa. La peste exterminó a prácticamente todo el continente y paralizó cualquier insinuación de ignorante y soberbia acción humana.

 

El hombre y la rata habitaban un solo viejo y decadente mundo conviviendo como lo hacemos ahora con las palomas en un parque, las cuales defecan sobre nosotros lo que les damos, como nosotros defecamos sobre otros o que nos dan.

 

La rata y el hombre dominaban el Viejo Mundo juntos aunque sin alianza,  sólo un par de siglos antes de que la cabeza de El Burgués rodara por un puentecillo de madera hasta caer en una cesta ante una extasiada multitud, con los ojos fijos en una gárgola, y causara aplausos, gritos y bailes de largos instantes.

 

 

Nota: Actualmente se calcula que por cada chica bella que recorre los Champs-Élysées en París, hay diez ratas en el subsuelo, muchas fumando un cigarrillo.

 

Bankimaro

Xavier Bankimaro:
Narrador transpoeta, desmitificador y creador de mitos; sus letras deben su devoción a la creación y destrucción de la realidad a través del lenguaje, anticultural más que contracultural. Actualmente es colaborador en la revista Letras Explícitas y columnista en la revista El Fanzine. El Universo se expande por voluntad y no por inercia.

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