Habitaciones Vacías

Entre Habitaciones Vacías…

Xavier Bankimaro

 

 Aquella noche me despertó un susurro de madrugada: la estela de un amargo y helado perfume; me paré de la cama desnudo, y como una sombra, busqué por toda la casa y no encontré nada.

Habitaciones vacias

Decidí entonces sentarme en la sala, en la dulce y absoluta oscuridad, y entonces ahí estaba, aquella maldita aparición: un demonio que poseía mi misma mirada. No estaba exactamente fuera de mí, como la sombra de mi sombra dentro de este caos, este infierno al cuál de día suelo llamar YO, un YO que en realidad habita o una botella de whisky o un par de ansiolítico, o la nada.

Aquella aparición escapó de mi arteria aorta, lo sé. Cuando dije alguna vez que mi corazón únicamente se abriría si, como un esfera de cristal, era quebrado, pasé por alto que aquello que vivía ardiendo dentro sería liberado y podría vagar por aquello que de día nos atrevemos a llamar realidad, y YO me quedaría de noche en una locura agraciada.

Sentado frente a mí, en mi sofá favorito junto a la ventana, el espectro fuma una pipa con hachís y presume su errónea cordura. Me habla de nostalgias, de saudades acerca de cosas que nunca sucedieron, y también de tórridos dolores ya oxidados; muchos por amores arrebatados, muchos alcanzados, muchos que me fueron asesinados.

Una esperanza entre la agraciada locura, entre la errada cordura, florece en el limbo de mi sombra desnuda y el humo de su pipa: mi corazón no necesariamente fue habitado sólo por este demonio, seguro debe, entre habitaciones vacías, estar vagando otro espíritu; una bella figura angelical que haya escapado también del desierto que es mi músculo cardiaco, de la tundra que es mi hipotálamo y de mí: un caminante efecto invernadero.

Para encontrarlo tomé un cuchillo de piedra, la espada de un supuesto futuro, y sin piedad mientras daba una calada a la pipa, degollé a aquel monstruo.

He estacado su cabeza en el más profundo de mis jardines, una herida sin nombre, ahora es un monumento a alguien que no es más que un hombre.

La bella figura angelical, que se encontraba observando la luna en el balcón entre lágrimas y con nostalgia, miró al espectro estacado y después alzó la cabeza buscando esa escalera a la luna, esa única escalera que te lleva a la luna: la locura.

Sonrío…

Ahora ella, hija de la nada, no me arranca con sus pasos espectrales mis sueños, sino que me acaricia tiernamente el cabello hasta quedar dormido en sus laureles, hasta que ese dolor, que solemos callar con alcohol, opiáceos o ansiolíticos de sus últimos suspiros… Por lo menos esa noche, siendo mis pensamientos los últimos suyos, no hubo habitaciones vacías.

Por un tiempo.

El espectro de cabeza estacada y maldita cordura nunca se irá, así YO con errada locura haya encontrado la escalera a la luna, así que a veces le invito algo de hachís y bebo un trago con él mientras conversamos.

Por un tiempo.

Mi madrugada es libre ahora. puedo gritar libre mis recuerdos entre las habitaciones vacías de mi cerebro, aquellas donde el viento del norte sopla levemente a través de la ventana para luego perderse en la memoria como YO, y encontrar la escalera a la luna que lo lleve a la guillotina…

y morir  en su errada cordura, degollado de madrugada.

Noche estrellada

 

 

Bankimaro

Xavier Bankimaro:
Narrador transpoeta, desmitificador y creador de mitos; sus letras deben su devoción a la creación y destrucción de la realidad a través del lenguaje, anticultural más que contracultural. Actualmente es colaborador en la revista Letras Explícitas y columnista en la revista El Fanzine. El Universo se expande por voluntad y no por inercia.
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