Diálogos sobre nada 3

Diálogos sobre nada 3

Diálogos sobre nada (Parte 3)

Xavier Bankimaro

“El carro está incendiándose y no hay quien lo maneje; estamos atrapados en el vientre de esta horrible máquina y la máquina sangra hacia la muerte…”

-Efrim Menuck.

 

Han pasado 7 minutos…

 

El pez espera el regreso del juego dialéctico tras el segundo y largo intermedio.

Había ido solo al balcón del teatro, miró la ciudad y lanzó su corbata a la nada, ahí de donde todos venimos.

Al regresar alzó la mano elegantemente.

El mesero le sirve un trago de whisky y el pez observa.

Se abre el telón…

 

Un pez vestido de luto, triste y desgarbado, enciende un cigarrillo y mira fijamente hacia la pantalla del televisor, pareciera que puede verlos a ellos

 

“Cambia por favor la estación, ya estoy harto de ver las mismas imágenes una y otra vez, todas nos llevan al mismo lugar…”

Pidió Joshua a Milenia.

 

“¿Cuál lugar? ¿La nada?”

Contestó en forma de pregunta Milenia a  Joshua, quien sólo la miró, el mundo era diferente desde que la pleyadiana había mostrado su belleza e intercambiado con él sus lágrimas por su corazón; un víscera única, rota y vuelta a construir, una pieza hermosa de cristal cortado.

 

“No puedo cambiar la estación sin crear caos, el tiempo es un depredador, todos nos rendimos ante sus arenas…”

Comentó Milenia a  Joshua, mientras en el viejo televisor se veía la imagen de una chica sentada a la orilla del mar con un pequeño libro de divulgación científica para niños; la chica en la imagen estaba en paz y metía sus pies en la arena, tras esto la imagen cambia y vemos a un tipo cometiendo una masacre con un morillo. Joshua cierra los ojos, los abre de nuevo y la imagen en el televisor ahora es un chico que llora mientras sostiene un brazo desmembrado con sus manos…

 

Milenia flota junto a Joshua. Sostiene un pequeño cuento supuestamente para niños acerca de una princesa de nombre Avena, la cual se salvó de un asesinato.

Joshua se toma asiento en el sillón junto a la mesa de café en el centro de la habitación, la vela permanece encendida y en la esfera de cristal se observa a un hombre cuidando cabras en invierno que lee un poemario de Pablo Neruda.

Milena, toma asiento junto a él, lo abraza y coloca su cabeza entre sus piernas. Joshua no puede llorar, recuperó su corazón, esa hermosa pieza de cristal cortado, pero perdió sus lágrimas.

Milenia extiende la mano y posa el libro de la princesa Avena sobre la vela, el pequeño libro comienza a incinerarse.

 

“El amor abandona el espacio, ¿lo hace también con el tiempo? ¿Cómo la chica que se hunde en las arenas o el libro de Neruda que se pierde entre la nieve y las cabras? ¿Qué es amar en sí?” 

Pregunta Joshua mientras observa detenidamente la esfera de cristal; un pez vestido de negro lo mira fijamente con cigarrillo en mano desde esta. En el televisor millones de mariposas vuelan fuera de una ventana de la cual cuelga un televisor aparentemente montado de un cuello.

 

El libro de la princesa Avena se convierte en cenizas. Milenia saca una especie de documento de su hermoso cabello, como lo hacen los ilusionistas, y lo entrega a Joshua: es un contrato prefunerario que exige que él se convierta en árbol.

 

“Son valientes intentos, dignos de guerreros…”

Contesta Milenia.

“Son valientes intentos, dignos de guerreros, todos y cada uno de ellos. Soy una pleyadiana, así que no comprendo del todo a lo que te refieres con amar, pero al ver a peces morir asfixiados tratando de alcanzar un lugar fuera de la suciedad de la fuente en la que agonizaban, ingenuos, sin saber que ellos creaban esa misma suciedad dentro del agua, y al saber que el dueño de la fuente era un humano, y el cual amaba amaba a esos peces, estoy segura que es algo que no se puede descifrar… 

y mucho menos conjugar en tiempo, espacio e identidad…”

 

Milenia deja que las cenizas del pequeño libro de la princesa Avena se esparzan por la habitación como una pequeña nube de humo. Huele a café. El pez vestido de luto continúa fumando y observando a través de la esfera de cristal.

 

En el viejo televisor, las imágenes cambian velozmente: un hombre con un hueco en el pecho está sentado en su cama viendo a una enorme mariposa volar fuera de su ventana, hacia la nada; un extraño tipo escribe poesía justo afuera de la casa de Emily Dickinson…

Eterna la noche de palabras y neurosis,

Entierro en las hojas secas tu voz para que permanezca oculta, y lejos de mi alma cínica y desahuciada,

Que la mía permanezca entumida y quieta,

Al terminar, me alejo escondido entre las cenizas para ver al amanecer el silencio de mis manos,

El ruido de mis pasos,

Y así mi muerte poder callar y la tuya poder hablar,

Mañana ya no habrá tinta en mis venas para tu mirada,

No habrá aromas en el alcoba, ni sudor en las sábanas,

Sólo pisadas sin sombra en caminos sin personas y besos invisibles entre estatuas centenarias,

El sol saldrá y escupirá su luz en nuestras lápidas,

Que nuestras muertes juntas puedan caminar,

Pues eso fueron siempre: pálidas imágenes,

Nuestra vida fue una ilusión, siempre fuimos fantasmas,

Fantasmas juntos, pero en soledad…

 

Mientras el chico lee el poema que escribe justo afuera de la poetiza, de lejos un hombre cuida a sus cabras mientras lee un poemario de Pablo Neruda y lo refuta:

Es la voz la ventana al alma y no lo son los ojos como alguna vez el poeta chileno bellamente dijo…

 

Las imágenes cambian velozmente, Joshua y Milenia las observan; el viejo televisor es un oráculo: una chica es asesinada a mitad de la noche, un hombre coloca la cabeza de un demonio en una estaca; se observa un paisaje hermoso con la bandera de Islandia y miles de mariposas monarca volando; de nuevo el chico que llora con una sierra eléctrica desmiembra a alguien en una mesa; un hombre en un hospital no logra reconocer el nombre que está escrito en la cicatriz de su cirugía, pero sabe que pertenece a alguien que va a morir…

Finalmente, un chico con una gabardina corre bajo la lluvia con mucha prisa, pareciera que algo lo hubiera detenido. El chico corre bajo la lluvia en blanco y negro en la imagen hasta que las cenizas del pequeño libro de la princesa Avena se transforman en luciérnagas, entonces el chico sigue corriendo bajo la lluvia pero ahora a color…

 

Huele a café.

 

“¿Es eso el amor? ¿Valientes intentos, dignos de guerreros, de saltar fuera de nuestra sucia fuente aunque nos ahoguemos, de mantener la vigilia y tratar de permanecer en una pálida fotografía?”

Pregunta Joshua.

 

“Aparentemente, aunque ustedes los humanos lo han devaluado bastante con sus religiones y al mismo tiempo lo han sobrevalorado, pues hay un camino, una calle lluviosa, que te lleva a tener lo que se requiere para amar,  además de un corazón único…

Una hermosa pieza de cristal cortado que proteges con una gabardina…”

Contestó Milenia.

 

Ambos observan la imagen en el viejo televisor, el pez lo hace desde el teatro:

 

El chico de la gabardina llega a una especie de bosque. Luciérnagas, niebla y olor a café forman el paisaje junto con el frío y la vegetación. El chico de la gabardina apenas podía ver unos metros delante de él. La nada entrecortada se escuchaba en las hojas secas sobre las que iba caminando, tratando de no tropezar.

Una niebla espesa, dura y fría, iluminada por luciérnagas y que a café olía.

Una estampida de plaquetas, leucocitos y glóbulos rojos nadaron hacia su oído cuando escuchó a lo lejos como crujían otras hojas.

 

Joshua se ha sentado y la pleyadiana enciende un cigarrillo.

 

Han pasado 7 minutos…

El pez observa.

 

El crujir de las hojas tenía el sonido de un contrabajo de fondo, un viejo Jazz que no recordaba bien, el chico de la gabardina siguió el sonido hasta un árbol del cual colgaba una lámpara de gas, la cual encendió con un cigarrillo.

Junto al árbol había una pequeña mesa de café con una vieja radio y una esfera de cristal, un hombre y una mujer la observaban desde dentro de la esfera y de la radio sonaba ese viejo Jazz que no lograba recordar.

Extrañamente supo sin saber, que detrás de la radio había un cofre. El chico de la gabardina abrió el cofre y encontró una lágrima, al tomarla la luz del sol iluminó el bosque, el frío y la neblina desaparecieron.

Lejos se escuchaba el sonido de hojas secas crujiendo, algo se acercaba a él. Sin miedo en absoluto, el chico de la gabardina se sentó junto al árbol, encendió un cigarrillo y sacó una nota que había escrito antes de salir de su casa:

 

Desesperanza,

Una vez que he decidido abandonar ese hueco que alguna vez me atreví a llamar “alma”,

Tú te has vuelto el camino sobrio sobre el cual formarla, aquel paraje que con su vacío libera y sana mis entrañas,

Dulce sabes cuando se te asume y se te bebe de un trago como esperanza,

Tras por años vagar en mis arterias, ante los pies de tu árbol me rindo, 

Mutilado por la cordura insana del hombre, herido y entumido,

Sólo bajo tu sombra y con mis pies llagados descansaré mi eterno caminar,

Sólo donde nuestro mundo arde violentamente en paz, es que nos podemos permitir el deseo,

Sólo donde nuestro deseo violentamente hace arder nuestro mundo, es que encontramos paz,

Ahí bajo la sombra de tu árbol encontraré eso que los poetas se han atrevido a llamar PAZ.

 

El chico de la gabardina dio una calada a su cigarrillo, sonrío y decidió esperar a aquella alma que parecía también perdida en ese bosque, aunque ahora él, ya no se sentía perdido.

 

El pez se acaba de un solo trago el whisky.

 

¿Es eso el amor? ¿Valientes intentos, dignos de guerreros, de saltar fuera de nuestra sucia fuente aunque nos ahoguemos, de mantener la vigilia y tratar de permanecer en una pálida fotografía?”

Pregunta Joshua.

 

“Aparentemente, aunque ustedes los humanos lo han devaluado bastante con sus religiones y al mismo tiempo lo han sobrevalorado, pues hay un camino, una calle lluviosa, que te lleva a tener lo que se requiere para amar,  además de un corazón único…

Una hermosa pieza de cristal cortado que proteges con una gabardina…”

Contestó Milenia.

 

El pez  llora y aplaude. Está conmovido, esta vez no irá al balcón a fumar.

El mesero se acerca y el pez niega la cuenta, pide otro whisky y un cambio de cenicero.

En lo que el juego dialéctico y ahora la película empiezan de nuevo, saca un libro viejo de zoología acerca de la fascinación de Alexander Von Humboldt por el ajolote y su transformación en salamandra.

Observa su reloj.

 

Han pasado 7 minutos.

 

Bankimaro

Xavier Bankimaro:
Narrador transpoeta, desmitificador y creador de mitos; sus letras deben su devoción a la creación y destrucción de la realidad a través del lenguaje, anticultural más que contracultural. Actualmente es columnista en Operación Marte y columnista en Soma, Cultura y Arte. El Universo se expande por voluntad y no por inercia.

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