Cocoa

Telarañas de Cocoa

Telarañas en la Cocoa

Xavier Bankimaro

 

“Los niños no son el futuro del mundo, son el presente; es en este momento, ahora, cuando son niños no después…”

-Bill Hicks.

 

 Érase una vez, una hermosa, aunque caprichosa princesa llamada Avena. La princesa vivía en un antiguo castillo en una colina sobre el pequeño reino de Cebada y no le gustaba que le llamaran princesa, sólo Avena, ese era uno de sus tantos caprichos, así como beber su taza de cocoa caliente todas las mañanas y que todo, absolutamente todo estuviera limpio; si algún cebadeño no estaba limpio o no tenía su hogar o pedazo de calle limpio, era bañado hasta dejarle arrugas en los dedos. Si eso era fuera del castillo ¡Imagínate adentro! Los trastes, la mesa, el mantel, las sillas, los sirvientes, las joyas, los relojes, las puertas y hasta su perra Jengibre.

Por las mañanas Avena no estaba del todo en sus cinco sentidos si no bebía su humeante taza de cocoa caliente, la cual tenía que estar limpia al punto de brillar con los rayos del sol que entraban por la cortina iluminándola. Los sirvientes, ya acostumbrados al temperamento de la princesa, se encargaban de que todo reluciera, es decir, realmente era sólo el capricho de la limpieza y su taza de cocoa caliente mañanera, por lo demás, la princesa Avena tenía un gigantesco corazón; por las noches bebían café con whisky y cantaban clásicos de Blues mientras arreglaban todo aprovechando que ella estaba en los brazos de Morfeo; ella los consideraba sus grandes amigos.

 

Entonces llegó esa funesta mañana…

Jengibre había estado ladrando desde muy temprano…

 

Avena caminó casi dormida hacia el comedor y se sentó en la silla. Pasó con su dedo índice sobre la superficie de la mesa y se colocó sus lentes. Uno de los sirvientes le llevó, como de costumbre, su taza humeante de cocoa caliente, y ahí, justo en el borde, había algo espeluznante, aterrador, Avena se acomodó sus lentes una y otra vez, es decir, podrían estar empañados o algo, o seguir dormida y que fuera una pesadilla, pero no, eso estaba ahí: una pequeña y suave telaraña.

Jengibre no paraba de ladrar.

 

Con ese tono que tienen las princesas que no desean ser princesas, pero lo son por culpa de ese accidente existencial que ingenuamente llamamos destino, Avena llamó inmediatamente al sirviente y le exigió que destruyera esa taza y le trajera una nueva, limpia, brillante y con su cocoa humeante y caliente…

 

¡BANG!

 

¿Cuál sería la sorpresa de Avena al ver que, pálido y aterrado y , el sirviente sacó un revolver de su pantalón y se disparó en la cabeza, justo en la barbilla?

Ahí, en el comedor, delante de todos los demás sirvientes; pedazos de su cráneo y cerebro manchados de sangre esparcidos en la alfombra y las paredes…

Jengibre dejó de ladrar.

El olor a cocoa caliente todavía salía como un espectro de la cocina…

 

Lo primero fue limpiar la escena del crimen, lo cual molestó bastante al Detective Capuccino, pues hizo su trabajo más lento, aunque dado el temperamento de la princesa y el hecho de que la admiraba y quería, incluso ayudó a los sirvientes, guardias y algunos cebadeños voluntarios a deshacerse del cadáver y limpiar el lugar hasta que quedara de nuevo reluciente; brillante bajo los rayos del sol de la mañana.

El Detective Capuccino descubriría más tarde que la taza de humeante cocoa caliente estaba envenenada con cianuro extraído de las almendras que crecían por todo el Reino de Cebada; el sirviente que se disparó en la cabeza formaba parte de un complot de cebadeños que querían asesinarla pues estaban ya hartos de su trastorno obsesivo con la limpieza y la cocoa, de hecho, el siguiente plan era tirar todos los árboles de cacao del reino.

 

“Se me hizo extraño que ese tipo no bebiera café con whisky y no se supiera la letra de Honey Bee ayer por la noche, es decir, es de Muddy Waters, un clásico…” Dijo uno de los sirvientes.

 

En un comunicado de prensa, el Detective Capuccino anunció que no existían los trastornos de ningún tipo, que la princesa Avena estaba bien, que los miembros del complot habían sido arrestados y que los árboles de cacao permanecerían en su sitio.

 

“De no haber sido por su pasión por la limpieza, la princesa Avena no hubiera visto esa telaraña y estaría muerta…” Dijo el Detective.

 

Desde entonces hubo algunos cambios en el Reino de Cebada: el castigo del baño hasta los dedos arrugados ya no existe en las leyes del reino, cada cebadeño es responsable de su propia limpieza, ningún árbol de cacao puede ser tirado y todos los árboles de almendras son vigilados para su cuidado, prevención y distribución.

 

Se decretó que un trastorno no es algo malo, sino una habilidad no empleada correctamente y se ordenó en las escuelas a que los niños practiquen sus trastornos.

 

Si alguna vez viajas al Reino de Cebada y alguien te dice la palabra Telaraña, presta atención pues desde el incidente los habitantes se refieren con esta palabra a los avisos que da la vida ante circunstancias que nos aquejan por un momento, sólo para hacernos saber que debemos estar despiertos aún por las mañanas sin cocoa por sí una circunstancia así se vuelve a presentar, así evitamos peligros futuros.

En la esquina de la puerta que da a la cocina en el castillo, el mejor artista del reino pintó una telaraña para recordar por siempre que la vida siempre te pone telarañas en tu taza humeante de cocoa.

 

 

Bankimaro

Xavier Bankimaro:
Narrador transpoeta, desmitificador y creador de mitos; sus letras deben su devoción a la creación y destrucción de la realidad a través del lenguaje, anticultural más que contracultural. Actualmente es colaborador en la revista Letras Explícitas y columnista en la revista El Fanzine. El Universo se expande por voluntad y no por inercia.

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