Bruja

Bruja

Xavier Bankimaro

 

Un Instante Eterno

 Y me pegunto por esa bruja que, de la nada, transformaba el aire y el papel, la tierra, la inercia, y la piedra en mi corazón en hermosos demonios de colores.

Ahí estábamos los dos, fumando cigarrillos y bebiendo vino mientras mirábamos juntos el cielo nocturno.

El humo de los cigarrillos volaba fuera de la habitación sin techo hacia ningún lugar.

Su delgada y estilizada silueta envuelta en un negro vestido flotaba en dicha habitación, la cual sólo era iluminada por la tenue luz que emanaba de una vela sobre una pequeña mesa circular de café.

Tomaba con sus manos pedazos de existencia estéril, y después de ser acariciados por ella, estos nacían con formas indefinidas e identidades únicas; en sus manos y ante mis ojos brotaban de la nada y entraban en la realidad como las hojas que caen de un árbol en un bello otoño y solo sabes que están ahí cuando las oyes crujir con tus pasos.

Yo soñaba con ser una existencia estéril y sentir cómo sus manos me daban una identidad única, me daban forma; absurdo sueño decía ella:

“Eres un monstruo, un dulce monstruo, no te pierdas con el tiempo…”

Yo sólo callaba, sólo callaba…

Una atmósfera entre espacios y contrapuntos, entre luces y sombras, dejaba ver su piel suave y sus largos brazos, sus mágicas manos y sus dedos creados para crear, vivos entre pálidas existencias; su cabello negro y largo caía de manera que con la luz de la vela y el espejismo de  estrellas muertas hace eones brillara el púrpura. Unos cuantos lunares en su rostro, combinando perfectamente con su nariz fina y sus labios rojos y carnosos, formaban por sí mismos ante mi mirada otra noche estrellada.

Yo miraba la vela y en su fuego se encendía el recuerdo de todos aquellos besos nunca dados, sombras que bailaban en la noche brillante que era su rostro.

Ella flotaba mientras el corte en su vestido dejaba ver sus piernas torneadas y largas y sus pies descalzos. Sus ojos, de un enigmático violeta, reflejaron su mirada en una esfera de cristal colocada en el centro de la mesa: pasado, presente y futuro se abrieron ante ella.

Ahí estábamos los dos, fumando cigarrillos y bebiendo vino mientras mirábamos juntos el cielo nocturno.

Su elegante indiferencia a lo que se encendía en el fuego de la vela y nuestra propia imagen en aquella esfera dejó para siempre su belleza en el misterio de un eterno momento.

Bebíamos vino, fumábamos cigarrillos y mirábamos el cielo nocturno, y cuando ella perdía su mirada en una nube, yo cerraba los ojos y soñaba que ella me daba un beso y me decía al oído con un susurro espeso:

“Eres un monstruo, un dulce monstruo, no te pierdas con el tiempo…”

Yo sólo callaba, sólo callaba…

Noche estrellada

Nota: Los objetos no son nada por sí mismos; por lo tanto, la luna no es luna hasta que le aúllas y los aullidos no son aullidos sin una luna; es el principio básico del fenómeno.

Epistemología para rescatar al corazón de una juerga del hipotálamo.

 

Bankimaro

Xavier Bankimaro:
Narrador transpoeta, desmitificador y creador de mitos; sus letras deben su devoción a la creación y destrucción de la realidad a través del lenguaje, anticultural más que contracultural. Actualmente es colaborador en la revista Letras Explícitas y columnista en la revista El Fanzine. El Universo se expande por voluntad y no por inercia.
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2 Comments

  • Ti Lo julio 3, 2017 at 12:36

    flotando sutil leo estas palabras… soy algunas de ellas y a la vez ellas me hacen recuerdos …sin tiempo gracias

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