En el bar del Loro

En el bar del Loro

En el bar del Loro

Calergo Rocco

 

Fue en el bar del Loro

Cuando abría los ojos, ella me besaba los parpados.

¿Cómo te llamas?- fue lo primero que le pregunte cuando tuve su rostro claro frente a mi vista.  Cuando bajas las persianas para corregir la percepción del tiempo a tu favor las preguntas muchas veces están demás.

Nos habíamos conocido la noche anterior en el bar del Loro. Teníamos dos lugares juntos en la barra y unas cuantas cervezas encima cuando comenzamos a platicar. Ella era de fuera y llevaba viviendo dos años en la ciudad.  Tenía una historia de amor envuelta en tragedia, besos infidelidades y lágrimas. Yo había tenido  uno de esos días en los que piensas  que debería tragarte la tierra. El mundo tenía un aspecto oxidado y podía sentir el olor a mierda por todos lados.  Al final de cuentas nada que un par de cervezas no pudieran solucionar.

 

Mi ex mujer había intentado convertir mi vida en un infierno. Desde hacía varios meses se había mudado a la misma calle donde vivía  con su nuevo amante  y era todo siempre un folklore. El tipo era un gorila con pocos modales, pero el sujeto me gustaba, a veces sentía mucha lastima por él.  Me daba pena verlo salir con todos los trastes de comida que había cocinado mi ex mujer para algún convivio bajo los terribles gritos de semejante fiera. Había vivido en ese infierno lo suficientemente para compadecer a cualquier imbécil que se adentrara en eso.  Pero de entre todos los infiernos; el de este pobre panzón, tenía al demonio más horrible de todos.  Vivian al final de mi cuadra.  Prefería llegar tarde para no ver la horrible escena de ella  humillándolo para que yo viera todo su poder  y su maldad al máximo, el bar del Loro estaba a 4 esquinas de mi casa y  ahí mataba el tiempo en lo que se encerraban.

En el bar me la pasaba bien, ya me conocían. Me gustaba sentarme en la barra con la toda la runfla de perdedores  natos.  Ahí encontraba de vez en cuando una que otra chica agradable con quien tener una agradable platica y quizás algo más. Nunca buscando meterme de lleno otra vez a ese infierno de las relaciones posesivas y sin ninguna esencia. Había perdido el temor a relacionarme con mujeres debido a que nunca pretendía sacar algo más que una simple platica, luego iba aceptando todo lo demás de acorde a como fuera pasando y siempre, sin excusa alguna, terminaba pasando alguna locura.

 

Ese día me perdí detrás de sus ojeras malva y sus grandes ojos color miel. Y una sonrisa pícara como dispuesta a todo. Llevaba  un vestido negro que le llegaba arriba de las rodillas y le quedaba muy bien.  Me contó su historia.

El problema era que no teníamos nada en común- dijo. Yo quería ser parte de su vida y él no me dejaba acercarme a nada que me pudiera dar un indicio de quien era verdaderamente mi pareja.

 

¿Lo amabas? – pregunté

 

Como quien ama al yogurt porque sabe que le ayuda a la digestión, dijo, mientras soltaba una risita. Luego, siguió. – Era un tipo que cubría todo lo que yo podría llegar a necesitar en cuanto a seguridad emocional. Lo que realmente me intrigaba era por que   tenía que ser adicto a las mujeres.

 

¿Qué te puedo decir?- dije.  Algunos tienen ese problemita.

¿Tú lo tienes?- preguntó retadoramente.

 

No, me gustan los riesgos de verdad. – Dije.  Bebo demasiado y si me aburro quizás le haga a la hierba.  Pero hasta ahí.  También escribo y me atoro continuamente en letras desesperadas llenas de olvido y cargadas a veces de otoños, con besos  en sobre y de sobra para chicas que buscan en los bares palabras lindas que escuchar.  No me gustan los compromisos innecesarios y no me ajusto fácilmente a las reglas de la sociedad.

 

¿Pero qué hay de algún amor? – dijo. ¿no crees acaso en el amor?

 

El amor no radica donde lo buscas, el amor aparece cuando haces las cosas sin buscar un provechoso fin. -Le dije.   Cuando dejas que el presente haga su parte y te conjugas con él.  Creo más bien en el bonito placer de las soledades compartidas.

 

¿Y qué me dice de los besos señor poeta? – Dijo.

 

Alguien por ahí ya lo dijo. Le comenté.  Los besos que te dan las chicas malas, salen más caros cuando los regalan y saben a fracaso.

Luego sonrió se acercó y me dio un beso. Un tierno beso. Y seguimos riendo y platicando  y mientras sonaba la música nos fuimos quedando solos en aquel bar, hasta que decidimos ir a lo mío.

Cuando llegamos nos besamos dos locos descontroladamente, y nos fuimos devorando poco a poco.  Tomamos una botella de vino, y nos encontró la luna finalmente entregados  la perla del placer uno al otro, jugando el fascinante juego del amor como es debido y sin amarnos todavía.

 

 

Calergo

Calergo Rocco:
Escritor subterráneo de letras ligeras y suaves que intentan sacar de su zona de confort al lector. Nacido en la ciudad de México, Tejedor incansable de historias en forma de prosa espontanea. Siguiendo las influencias de Jack Kerouac, Raoul Vanneigem Charles Bukowsky, y Parménides García Saldaña, ha ido creando un universo propio de personajes donde se enredan situaciones y momentos de la vida cotidiana de cualquier individuo que lucha contra los estándares sociales y contra lo establecido por un sistema decadente. Irreverente por vocación y situacioncita por decisión. Actualmente radica en la ciudad de Mérida Yucatán México. Lugar perfecto para la creación de su material literario.Facebook

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