Ausencias

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Xavier Bankimaro

 

“¿No vas a despedirte?”

Pregunté; ella se ruboriza un poco, voltea, hay contacto de miradas, avanza dos pasos exactos, se pone de puntillas, me toma del cuello del saco con ambas manos para jalarme y acercarme a ella. me da un beso en la mejilla…

 

Se aleja flotando sobre la alfombra…

 

En la terraza, el humo de los cigarrillos vuela hacia la neurosis. Huele a frío y estéril pasillo de oficinas en una mañana citadina, aunque donde estoy parado la tenue luz del foco que cuelga sobre mi cabeza se mezcla con el olor a la máquina de café de cinco pesos y mi alegría.

 

Aislamiento y añoranza.

Irreal.

 

El tiempo pasa, como las nubes en el cielo que al mismo tiempo nos ven pasar, sin embargo, ellas suceden, nosotros nos sucedemos.

 

 “¿No vas a despedirte?”

 

Fueron las últimas nubes que pasaron mientras en ese instante junto al olor a café de la máquina de cinco pesos sucedió una muy pequeña historia de amor, una que nadie reconocería en esta época, a menos que hubiera un mensaje de texto o una nota de voz de por medio, pero no hay nada de eso, sólo la exaltación de un momento cotidiano en la mente de un loco que, además años después se atreve a escribir esto.

 

Por lo menos tuve la oportunidad de despedirme y hacer que por unos instantes sucediéramos y que ella viera mi nube pasar; por lo menos por un instante un frío pasillo de oficinas dejó de ser un frío pasillo de oficinas; cuando las nubes pasan y las observamos, ellas no son nada y nosotros les damos forma: el saludo y despedida únicos en un frío pasillo de oficina tomaron la forma de un pequeño romance…

 

Nunca la volví a ver ni supe de ella, no supe su nombre ni qué hacía ahí, bueno estaba comprando café; más allá sólo recuerdo la gabardina negra flotando en el pasillo y la charla acerca de lo horrible que es usar corbata.

 

“¿No vas a despedirte?”

 

Hice que sucediéramos con algo tan simple.

Suspiros que bailan sobre la alfombra,

Saliva que se derrama,

Un cigarrillo tu en la mente,

Fumar sus palabras,

Beber su mirada,

Convertirnos en olor a café y soplarnos al aire,

Ser inmortales en una pálido instante,

Olvidarnos,

Nunca actuar,

Sólo suceder…

Humo de cigarro

Ella (no ella, otra ella), no tuvo la oportunidad de ver las nubes pasar, ella y él sólo sucedieron, y cuando él tuvo que viajar hacia un lugar lejano por trabajo, un lugar de aquellos a los que sólo se puede llegar volando, tras años de compartir el lecho, ella lo acompañó a tomar la nave; se sentaron justo junto a una máquina de café de diez pesos, en la fría sala de espera. Cuando escuchó su nombre él preguntó:

 

“¿No vas a despedirte?”

 

Ella echó una carcajada, le mandó un beso volado y le dijo:

 

“Escucharé mucho a David Bowie, lo prometo, y estaré siempre pendiente de mi celular…”

 

Él se llevó el beso volado, ella lo vio subirse a la nada e irse volando; vio las luces en el cielo que se lo llevaban…

 

Nunca regresó…

 

Ella sube todas las noches a su techo en busca de luces. Es una vieja costumbre ya, un ritual de seda, de aquellos que se entierran profundo en la cabeza: un cigarrillo que se fuma, la cama que se incendia y ella despierta; varios pasos que se acomodan hacia la escalera, las caricias del sueño que se desvanecen, el orgasmo que muere, la flor marchita que mira su entrepierna subiendo hacia el cielo, sus ojos que giran hacia lo alto, el frío de la madrugada que lo evoca.

 

Cada noche, cada noche, ella sube esa escalera. Es una vieja costumbre ya. El pañuelo que lleva, la silla en el techo. Ella al cielo observa, un beso volado, el rostro le cambia, las arrugas surgen, el dolor profundo que no se acomoda en su corazón.

 

La pérdida y La luna pálida.
La mueca en el rostro. Las luces del avión que pasa y ellos que ya no suceden; una pregunta sin respuesta que a una nube no dio forma.

 

Entre las nubes la nada se convierte en luces.

 

El cielo se inflama un momento para oscurecer de nuevo entre las nubes…

 

Que la ausencia no sea una tragedia, una sorpresa o una mofa desafortunada del limbo,

Que la ausencia sea una estrella fugaz que ilumine tus cielos oscurecidos,

Recuerda que una nube nunca se desvanece en realidad, sólo se esparce por el mundo,

Como un corazón que sólo se abre a los cielos cuando ha sido roto,

Si la ausencia es propia y no ajena, y aún más si es ajena y no propia,

 Abre tus alas al universo y siéntete en tu fortuna agradecido,

 Que no hay mofa desafortunada que traiga la ausencia ni el limbo, ni cielos oscurecidos,

 Sólo corazones convertidos en nube por el mundo esparcidos…

  

“¿No vas a despedirte?”

 

Bankimaro

Xavier Bankimaro:
Narrador transpoeta, desmitificador y creador de mitos; sus letras deben su devoción a la creación y destrucción de la realidad a través del lenguaje, anticultural más que contracultural. Actualmente es columnista en Operación Marte y columnista en Soma, Cultura y Arte. El Universo se expande por voluntad y no por inercia.

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